Fui sentenciada a vivir sin alma.
Atacada,
juzgada sin derecho a réplica.
Mis labios se rebelaron en un intento de palabra
y fueron desterrados,
aniquilados sin haberse defendido.
Esta condena me ata a una vida sin sentido,
es como si en mi norte no existiera primavera.
Llorando, amando, gritando al vacío muero lentamente,
y los pasos,
otrora cercanos,
están lejos de los míos.
En las manos antes blancas sólo queda el vacío,
negra bruma que penetra mis rincones,
impalpable,
insondable,
así como el deseo que arde en mis entrañas
y debe ser contenido.
En mi mente se pudren los recuerdos marchitos.
Me envenenan,
y entre gritos y llanto maldigo su amor mal querido.
¡Maldito el amor y la dicha ciega!
¡Maldito!
¡Maldito mil veces el beso!
¡Maldito el instante que nubló mis sentidos!
Porque fui presa fácil de su encanto,
serpiente deseosa de ser dominada,
moldeada al calor de su cuerpo,
de la lujuria,
de la pasión desmedida.
¡Maldita la entrega y las ganas!
¡Maldita la caricia!
¡Maldita la inocente sonrisa de sus labios!
Las hojas secas sean malditas,
por haber sido alfombra de los pasos
que pisaron sin piedad mi esencia.
Maldigo el día del silencio…
Maldigo…
Entre lágrimas mis ojos se cierran,
y mis labios suplican clemencia
en un ahogado suspiro.
Maldigo…
y el valor se me escapa tras la puerta
mientras el amor me hiere,
y no deja nada,
Sólo un juguete al servicio
de los caprichos ajenos,
títere,
mueble,
adorno de una casa fría,
muñeca rota entre las manos que olvidaron las caricias.
¡Maldito amor!
¡Maldito este amor que mata!
que me mata…

© Agatha.